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viernes, 25 de mayo de 2012

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—¿Estás preparada para la emboscada? —preguntó una voz femenina, en un tono tan bajo que era casi inaudible.
—Completamente, espero tus movimientos —respondió otra voz del mismo género, en el mismo tono.
El sol brillaba con todas sus fuerzas intentando hacer llegar sus rayos hacia la tierra, pero imposibilitado debido a las grandes nubes grises que lo tapaban. El clima, el olor a rocío que emanaba del bosque y la humedad que se pegaba a la piel daban suficientes indicios como para poder predecir que pronto caería una poderosa tormenta. Los árboles eran enormes e imponentes, deseosos de poder tocar el cielo con alguna de sus numerosas ramas y llegar a las nubes para poder absorber todo el agua del cual están hechas. Los arbustos eran lo suficientemente grandes como para poder ocultar un vehículo, pero la mayoría tenía espinas de varios centímetros de grosor que se incrustaban en la piel, perforándola y causando un terrible dolor. Los pastos eran altos y de un intenso color verde, lo que podía permitir a los animales camuflarse para poder protegerse de los depredadores o para poder cazar.
En el medio de aquella escena había una liebre de pelaje marrón, grandes y agudas orejas y dueña de unas grandes y veloces patas que le permitían correr muchas llanuras sin cansarse. Estaba completamente quieta, como paralizada, debido a que había percibido un delicado y suave sonido. Eso solamente podía significar una cosa: depredadores. Comenzó a olfatear prudentemente el lugar, intentando percibir algún olor que le indicase peligro o que le pudiera dar desconfianza, pero debido a que era primavera, las flores de los árboles habían inundado todo el bosque con sus perfumes, haciendo que estos oculten cualquier olor irradiado por algún animal. Por eso, la liebre volvió a moverse y a mordisquear algunos pastos que veía atractivos para degustar.
Desgraciadamente, la liebre se equivocó: algo merodeaba cerca de ella, con intensiones de devorarla.
Ella daba pequeños saltitos nerviosos, comiendo un poco de cuanto vegetal se le cruzaba en el camino sin percatarse que algo se acercaba sigilosamente hacia ella. Se movía con mucha lentitud, pero con seguridad y con la satisfacción de estar pronto a degustar la deliciosa carne que pertenece a aquel roedor.
Cuando estuvo suficientemente cerca, aquel depredador saltó y calló sobre la liebre. Ésta trató de correr y de refugiarse, pero aquella criatura ya había atrapado entre sus fauces su cuello y le clavaba con fuerza sus colmillos para matarla, mientras saboreaba algunas gotas de la sangre oscura y espesa que brotaba de aquella herida que crecía y que dejaba vulnerable a la liebre. En ese momento otra criatura saltó sobre el roedor y clavó sus colmillos sobre una de sus patas, dejando al animal sin esperanzas para seguir viviendo. La liebre dejó de resistirse y, dando un gemido profundo y melancólico, murió.
Aquellas criaturas no soltaron al animal a pesar de que ya estaba muerto, sino que lo mordieron con mayor fuerza. La criatura que había atacado en un primer momento, abrió más la herida del cuello y comenzó a beber la sangre del animal... aquella sangre roja, espesa y deliciosa que calmaba hasta la más poderosa sed y que cualquier depredador desea para poder satisfacer su apetito. La otra criatura hizo exactamente lo mismo, aunque como en las patas no había mucha sangre en comparación con el cuello, se rindió y comenzó a arrancar pedazos de carne y a masticarlos, sin importarle saborear el espeso pelaje de la difunta liebre. La criatura primera pronto pronto adoptó la iniciativa de la segunda y comenzó a saborear la carne del animal.
En pocos minutos lograron pelar los huesos del roedor.
—Exquisito... —murmuró una de las criaturas, saboreando sus dedos tintos en sangre— hacía mucho tiempo que no saboreaba algo tan delicioso como esto...
—Hacía mucho que no saboreábamos algo —corrigió la otra criatura, mordisqueando los huesos de la liebre con la intención de extraer algún pedacito de carne que les haya faltado devorar.
—Es cierto... aunque me deprime el pensar que, recomponiendo mis recuerdos, las liebres de antes eran más grandes y su carne era aún más deliciosa... —se quejó la primera, contemplando las nubes grises con molestia. Pronto tendrían que buscar refugio de la tormenta que se avecinaba.
—Si, realmente las cosas estaban mucho mejor antes... —admitió la segunda, lanzando uno de los huesos contra un árbol al darse cuenta de que estaban completamente pelados.
Aquellas criaturas... se miraron deprimidas y nostálgicas: estaban viviendo tiempos muy difíciles. 
Unos débiles rayos del sol se cuelan entre las nubes y permiten obtener una imagen sobre ellas: son humanas... bueno, casi. Son dos humanas en la flor de la edad que llaman la atención por unas enormes orejas que se asoman de su cabeza y de una cola peluda y larga como la de un lobo. Eso... eran como una mutación de lobos combinadas con humanas. Sus dientes estaban desarrollados como si fueran 32 colmillos filosos y puntiagudos que le habían permitido desgarrar el pelaje de la liebre con solo morder con fuerza. Su oído y su olfato están superdesarrollados en comparación con un humano normal... eran unas criaturas fascinantes y desconocidas.
La primera de estas, la que había mordido a la liebre en el cuello, tenía el cabello largo y de color rojo, al igual que el fuego. De su cabeza surgían unas orejas de color marrón, al igual que su larga cola. La otra criatura poseía el cabello largo y negro, con unas orejas y cola grisáceas.
—Será mejor que volvamos a la manada, no vaya a ser que nos den por muertas... —dijo la primera, poniéndose en pie y estirando sus músculos.
—Espera, Gaby, a lo mejor encontramos otro animal...
—Lo siento, Naty, pero si hubiera otro animal no nos hubiéramos metido tan profundo... además, si seguimos caminando es probable que violemos el territorio de alguna criatura y esta se enfurezca con nosotras y...
—Entiendo —interrumpió Naty— no hace falta que expliques...
Dando un salto se levantó y, junto con su compañera, reemprendieron el camino de vuelta a la manada. Caminaban tranquila y felizmente: habían comido y tenían su estómago repleto, algo que hacía mucho tiempo que no sentían. En unos momentos llegaron a una zona del bosque que no era tan espesa como antes, sino que era un valle, donde los rayos del sol aún se mostraban vivos, aunque apaciguados comparados con su típico fulgor.
Ambas observaban cómo el cielo, poco a poco, iba apagando la luz del sol como una vela cuya cera es consumida lentamente por la mecha de fuego, cuando sintieron un sonido a sus espaldas proveniente de unos arbustos cercanos a ellas. Se quedaron completamente quietas y atentas, listas para atacar al tonto animalito que cometió el terrible error de hacerse escuchar.
—¿Aplicamos el mismo plan? —preguntó Naty, relamiéndose los colmillos. Casi podía sentir el sabor de su próxima víctima.
—Por supuesto... —repuso Gaby, inclinándose en cuatro patas lista para salir corriendo y atacar.
—Ese olor, ya lo he sentido antes... es como...
Estaba a punto de descifrar a qué animal pertenecía cuando una criatura que surgió de los arbustos se arrojó sobre ella tirándola al suelo y clavando con fuerza los colmillos en su cuello...



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